sábado, 20 de octubre de 2012

EL MUNDO SINTETIZADO EN UN LIENZO




Entre las actividades más nobles del ingenio humano se cuentan, con razón, las bellas artes, principalmente el arte religioso y su cumbre, que es el arte sacro.
Estas, por su naturaleza, están relacionadas con la íntima belleza de Dios, que intentan expresar de alguna manera por medio de obras humanas. Y tanto más pueden dedicarse a Dios y a contribuir a su alabanza y gloria, cuanto más lejos están de todo propósito que no sea colaborar lo más posible con sus obras para orientar santamente los hombres hacia Dios[1]
¿Por qué comenzar con esta citación? Porque es precisamente esto lo que sucede en la vida de Henri J. Nouwen cuando observa por primera vez  en Trosly, el cuadro de Rembrandt “El regreso del Hijo Pródigo.” Lo orientó santamente hacia Dios, pues en él pudo comprender la historia que Jesús contó una vez: “La parábola del Hijo Prodigo” El solo hecho de observar ese cuadro lo encaminó a un redescubrimiento de su vida espiritual, de su reconocimiento de “hijo amado del Padre”, hermano de muchos hombres en el ambiente eclesial y, por supuesto del verdadero sentido del ministerio sacerdotal de Nuestro Señor Jesucristo: Ser un Padre misericordioso que acoge a todos como sus hijos más amados.
Todo lo enunciado anteriormente lo expresa claramente él en cada uno de sus capítulos. Primero lógicamente situándose y encarnando a aquel hombre harapiento, triste, sin cabello, pero, iluminado por la luz que proviene del Padre, luz que no más que otra cosa que la misericordia que nos hace hijos nuevamente, que nos recibe en un abrazo perpetuo lleno de amor incondicional. Entonces es el cuadro quien lo lleva a reflexionar en cada parte de la parábola: salir de casa, eliminar al Padre de la propia existencia reclamando lo que a Él pertenece, puesto, que cada uno de los dones que Dios ha regalado son dirigidos a Él mismo no a nosotros, para nuestra propia vanagloria en un mundo que los absorbe hasta agotarlos y después desecharnos para convertirnos en algo peor que los cerdos, (parafraseando una frase dicha por el presbítero Pedro Nel Quinchía “somos peor que la nada, pues, la nada no peca”  somos peor que los cerdo, pues, los cerdos no pecan). Y finalmente le hace entender que cuando todo parece perdido aparece “la voz del amor”  que clama constantemente en su interior llamándolo a casa diciendo: “Tú eres mi hijo amado en quien me complazco”[2] una voz que llama desde el centro del ser que en definitiva es el hogar.
Allí pues en medio del lodo y  acompañado únicamente de los cerdos y cuando todo se ha perdido se puede entrar en lo más profundo del ser. Y encontrar que deseaba que lo trataran como a un cerdo, ya que, por lo menos al cerdo se le consideraba un ser existente para alguien (el dueño de la jauría), podremos darnos cuenta que no somos cerdos, sino, seres humanos, hijos de Dios y comprender que en el principio solo existe el de deseo de vivir no de morir, y finalmente escuchar la voz del Padre que llama.
El padre Henri J. Nouwen se recapacita y dice: ¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen pande sobra mientras que yo aquí me  muero de hambre! Me pondré en camino, volveré a mi padre y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti. Ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros.”[3]Y en cada uno de las frases que dice desarrolla una experiencia de la misericordia de Dios.
 Ahora bien, observando la bienvenida que hizo el Padre al hijo en el cuadro de Rembrandt, se puede sentir en carne propia lo que el autor quiere expresarnos en sus letras. Es sentir un abrazo cargado de ternura y amor, que no pide explicaciones sino que celebra su regreso.
Es inevitable fijarse en la propia vida y hacernos la pregunta ¿soy el hijo menor de la parábola?, pero es más inevitable pensar en el perdón de Dios, desearlo, buscarlo, ponerse en pie y dirigirse a la casa del Amado y decirle: “he pecado contra el cielo y contra Ti. Ya no merezco llamarme hijo tuyo” para así poder realmente sentir en carne propia lo que expresa el cuadro, lo que vivió el padre Henri y lo que han vivido miles de hombres que no se detienen ante todo el sufrimiento que genera estar lejos de Dios y se han dejado morir.
En segundo lugar Henri J. Nouwen encarna al hijo mayor. Un hombre lleno de oscuridad resentimiento, envidia, crítica y miedo.
Cuando se reflexionan cada una de las palabras que Henri desarrolla en su segundo capítulo de esta obra, inmediatamente llega a nuestra mente y corazón una terrible cachetada, pues, es el hijo mayor a quien nos parecemos muchos de los seminaristas y sacerdotes, somos más parecido a el hombre que se queda en casa  que al hijo rebelde que sale como un loco a buscar nuevas aventuras (este quizá es menos pecador que nosotros, pues, él solo buscaba felicidad en su infantil forma de ver el mundo), nosotros en cambio nos quedamos en casa “envidiando al hermano menor”  porque él puede hacer cosas que nosotros por nuestro “moralismo” (quizá por nuestro fariseísmo) no somos capaces de realizar.
Somos más bien un montón de hombres resentidos porque vemos como muchos de nuestro hermanos regresan a casa, son acogidos felizmente y nacen a una nueva vida, vida que nosotros infravaloramos,puesto, que como decía Pablo VI: “son palos descortezados y cepillados, bien barnizados en ocasiones, pero que ya no ahondan en sus raíces en el martillo de la humanidad, que ya no dan yemas ni racimos: palos bajos, palos muertos, que sirven, todo lo más para construir empalizadas y barreras, para sostener carteles, con prohibiciones y reglamentos.”[4]
Todas estas palabras del Pontífice nos caen como anillo al dedo, estamos llenos de normas que como decía el Padre Henri “se convierten en una cruz pesada no la ley liberadora.” Qué triste es observar que nos hemos en hijos mayores, que nuestro rostro es iluminado por la misericordia de Dios, pero, nuestras manos están atadas a nuestros resentimientos y por eso nunca nos hemos atrevido a ser felices, a realmente reconocerlo a Él como mi Padre amadísimo y abandonarnos como nuestros hermanos menores “niños recién nacidos en las manos amorosas de Dios”
Qué difícil es también luchar contra éste sentimiento; éste sentimiento que nos hace a la vera del camino y nos construye en espectadores de la misericordia, expertos en hablar del amor de Dios, pero, no podemos realmente sentirlo, es entonces Dios una idea en nuestra mente, no una persona duramente aferrada en nuestro corazón, llenándolo de alegría y paz; “Es nuestro corazón demasiado ambicioso y no se llena con nada, sólo con Dios que es en realidad la medida exacta de él.”
También nos hemos convertidos en piedras para el camino de nuestro hermano, “somos los hijos obedientes del Padre” pero, en realidad cuando alguien quiere referirse a Dios en nosotros, no puede encontrar más que hipocresía, incoherencia de vida, ojos tristes porque están demasiado lejos de casa y, por eso la casa del Padre se está quedando sola.
Finalmente Henri. J Nouwen encarna la tercera persona del cuadro de Rembrandt, el Padre. Aquí nos situaremos muy poco, pues, este el punto a llegar después de haber encarnado cada uno de los hijos, ya que, no se puede quedar con la misericordia que recibió en su corazón y alojarla allí sola para él,  dejando que se llene de “telarañas”  enfriándose y muriéndose. Así no es la persona del Padre que Rembrandt retrató, es un Padre caluroso, amoroso, y lleno de luz que no es capaz de quedarse con todo esto solo, tiene la necesidad cariñosa de transmitirla y regarlas por toda la humanidad. Aquí es donde Nouwen se concientiza realmente de lo que es el ministerio sacerdotal que había recibido.
En conclusión quisiéramos centrar la atención en uno de los aspectos que Henri J. Nouwen expuso: “en la parábola del hijo pródigo se sintetiza lo que es el Evangelio”
Es precisamente una realidad innegable, porque, cuando observamos el mundo nos damos cuenta que está dividido en tres tipos de personas: “hijos menores, hijos mayores y padres” Los hijos menores son todos aquellos que ha decidido rotundamente salir de la casa, abandonar la fe y sumirse en la búsqueda de casas en el mundo; son aquellos que experimentan el dolor de no encontrar respuesta y que tontamente se desgastan en agradar a los demás, sin tener conciencia de que le agradan al Padre, más que agradar son queridos por el Padre, más aun que queridos son amados por el Padre.
Los hijos mayores son todos lo que viven en el interno de la Iglesia o de alguna otra religión y que como habíamos dicho anteriormente solo conocen una “idea” de Dios un evangelio utópico y no una experiencia personal con Él. Son por así decirlo unos fariseos, estudioso de Dios, exegetas admirables y teólogos ejemplares, pero en realidad no pasan de ser más que unos científicos fríos y llenos de conocimiento que en realidad casi nadie escucha y que cuando hablan los únicos los admiran y se deleitan con sus palabras son ellos mismos.
Finalmente los Padres, aquellos que ya pueden decir “Ya no vivo  yo,  sino que Cristo vive en mí”[5]y con esta frase de San Pablo resumo la experiencia que viven cada uno de estos santos hombres.


[1] SACROSACTUM CONCILIUM. 122.
[2] Mt. 3, 17.
[3] Lc. 15, 17-19
[4] Carta Apostólica a los sacerdotes.
[5]Carta a los gálatas 2, 20.

2 comentarios:

freidy alexander lópez dijo...

me parece francamente desastroso que compares la vida del hijo prodigo con el acontecer de un cerdo, pues el cerdo en este caso es más valioso que este morboso, pillo e interesado que aprovecho la oportunidad para escurrir a su padre

freidy alexander lópez dijo...

me parece francamente desastroso que compares la vida de este hijo prodigo con el acontecer de un cerdo; pues el cerdo en este caso es más valioso que este morboso, pillo, bellaco y oportunista al que llaman hijo prodigo.