sábado, 20 de octubre de 2012


EVANGELLI NUNTIANDI



En fondo lo que se cuestionaban los Padres sinodales y lo que se propone hoy en día la Iglesia se podría enunciar así: después del Concilio, y gracias a él, se ha constituido para la Iglesia una hora de Dios en este ciclo de la historia, la Iglesia ¿es más o menos apta para anunciar el Evangelio y para inserirlo en el corazón del hombre con convicción, libertad de espíritu y eficacia?”[1]
Así pues, con este cuestionamiento y sobretodo conociendo de una manera rápida -sin decir con ello que sea poco profunda- el pensamiento de S.S. Pablo VI, se demuestra que esta Exhortación es un llamamiento más que desde el fondo de su corazón enamorado de Jesucristo y de su Iglesia  nos hace, para que el Pueblo de Dios reciba nuevos aires y se renueve en el Espíritu y, deje de ser vista por el mundo como una Institución que vive fuera de la realidad actual, donde solo hay hombres y mujeres que surcan en una realidad inexistente y utópica, ya que la gran Familia en Cristo no es eso, por el contrario es la Esposa de un Dios vivo y resucitado que constantemente está tocando a la puerta de los hombres  para que cenen con Él y  lo conozcan a través de su Iglesia.
Partiendo con este juicio lo que este documento pretende es desarrollar tres aspectos de la evangelización que el Sumo Pontífice explica de una manera muy expeditiva desplegada  en el primer capítulo de su Exhortación: DEL CRISTO EVANGELIZADOR A LA IGLESIA EVANGELIZADORA, pero, que es el centro del resto del texto. Entonces el Vicario de Cristo da respuesta a: ¿Qué significado tiene la palabra evangelizar para Jesús de Nazaret? En primera instancia con un núcleo conformado por dos aspectos de la evangelización: “El anuncio del Reino de Dios y el anuncio de la salvación liberadora”.
El anuncio del Reino de Dios es para Cristo  de suma importancia en relación a Él, pues se predica la verdad absoluta y Él es por supuesto la Verdad y ante Él todo lo demás es relativo, efímero y añadido de aquellos que le buscan con sincero corazón. Anunciar el Reino de Dios es Anunciar a Xto mismo porque para quien escuche de este Reino y quiera aceptarlo en su vida le es necesario aceptarlo a Él, y el que está llamado a “enseñar a Cristo” debe por tanto, ante todo, buscar esta “ ganancia sublime que es conocimiento de Cristo”; es necesario “aceptar perder todas las cosas… para ganar a Cristo, y ser hallado en Él” y “conocerle a Él, el poder de su resurrección y la comunión en sus padecimientos hasta hacerme semejante a Él en su muerte, tratando de llegar a la resurrección de entre todos los muertos”.[2]
Juan Bautista Montini también nos habla de la dicha paradójica que encierra el Reino de Dios una dicha hecha de cosas que el mundo rechaza[3], pues, el mismo Jesús en sus máximas nos da razón de la realidad del Reino que en si mismo es un anticipo al deleite de las realidades eternas[4] y lógicamente esta intrínseco las exigencias de la vocación cristiana, pero, especialmente la del apostolado evangélico[5]. En conclusión lo que esto quiere decir es que el anuncio del Reino de Dios exige grandes sacrificios que más adelante se tratará.
El centro específico de la Buena nueva es el anuncio de la salvación liberadora, el maravilloso don que Dios nos ha concebido de librarnos del pecado y del Maligno, y en palabras de la Cabeza del colegio Episcopal “la alegría de conocer a Dios y ser conocido por Él”[6], sin embargo, el Papa no se limita solo a definir el anuncio de la liberación, sino que, a través de su encíclica va desglosando ¿Qué medios se deben utilizar? ¿Quiénes son los destinatarios? Y ¿Quiénes deben de evangelizar? Y a cada uno de estos cuestionamientos da una respuesta certera y sobretodo es una llamada que deja perplejos a quienes leen tal pensamiento, por ejemplo, en el numeral 80 hace una afanada exclamación  a los predicadores y evangelizadores que utilizan miles de pretextos para no anunciar la buena nueva a todas las naciones; entre unas de tantas excusas, la salvación de los hombres con rectitud de corazón, pero que no conocen a Cristo y otra sería la de las “semillas del Verbo”. El da una respuesta concisa haciéndoles una interpelación “¿podremos nosotros salvarnos si por negligencia, por miedo, por vergüenza- lo que San Pablo llamaba avergonzarse del Evangelio[7]- o por ideas falsas omitimos anunciarlo?[8].
Finalmente como no hablar un poco sobre los grandes sacrificios que exigen el Reino y la salvación, que muchas veces son fatigosos y extenuantes pero con la gracia de Dios seremos capaces de afrontarlos con valentía.
 Somos signo de contradicción en el mundo porque seguimos al que Es la total contradicción, pues Él rompe todos nuestros esquemas y razones, pero también tenemos la total certeza de que somos del mundo, mas si la sal se desvirtúa ¿con qué se salará?; somos luz del mundo. No puede ocultarse una ciudad situada en la cima de un monte. Ni tampoco se enciende una lámpara y la ponen debajo del celemín. Debe brillar nuestra luz delante de los hombres.[9]


[1]  Cf. Evangelli Nuntiandi (4)
[2] Flp. 3, 8-11.
[3]  Evangelli Nuntiandi (8).
[4] Mt. 5, 1- 12.
[5] Lc. 9, 57- 62.
[6] Evangelli Nuntiandi (9).
[7] Cf. Rom. 1, 6.
[8] Evangelli Nuntiandi (80)
[9]Cf.  Mt. 5, 13-16.

1 comentario:

Daniel Ocampo dijo...

excelente reflexion.... todobn!!!